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El Día D, El Niño y el peligro de asumir que la historia se repite

Vinio Floris, PhD, PE, CSP, BCEE

 

La Escuela de Postgrado GĚRENS presenta el artículo “El Día D, El Niño y el peligro de asumir que la historia se repite”, elaborado por el Dr. Vinio Floris, Profesor de GĚRENS y Director del CEGAMA de nuestra institución. Es motivo de gran satisfacción y profundo orgullo destacar que el Dr. Floris ha sido designado recientemente como Senior Fellow en la Universidad de Harvard, un reconocimiento extraordinario a su trayectoria.

El documento presenta una profunda reflexión sobre las posibles consecuencias del fenómeno de El Niño 2026-2027, con especial atención en los impactos para el Perú y Ecuador. Tomando como analogía las trascendentales decisiones meteorológicas previas al Día D en 1944, el autor analiza el peligro de asumir que los nuevos eventos climáticos reproducirán exactamente los patrones o daños del pasado, dadas las cambiantes condiciones climáticas, infraestructura y vulnerabilidad poblacional. Asimismo, el texto desarrolla la importante necesidad de fundamentar la gestión de riesgos y las estimaciones económicas en una rigurosa evaluación científica que integre la meteorología, la climatología, la hidrología y la hidráulica. Finalmente, el documento plantea una serie de reflexiones orientadas a mejorar la preparación, la planificación territorial y la adaptación ante futuras emergencias. A continuación, se presentan los principales aspectos desarrollados en el artículo.

En la película Pressure, el jefe meteorológico británico, el capitán de grupo James Stagg, se enfrenta a su homólogo estadounidense, el teniente coronel Irving P. Krick. En el centro de sus discrepancias se encuentra una pregunta fundamental: ¿podemos confiar en los patrones del pasado para predecir lo que sucederá en el futuro?

La película dramatiza las extraordinarias decisiones meteorológicas que precedieron al Día D (batalla de Normandía), el 6 de junio de 1944, cuando el éxito de la mayor invasión anfibia de la historia dependió, en parte, de identificar una estrecha ventana de condiciones meteorológicas favorables. Los mandos aliados tuvieron que tomar una decisión trascendental en condiciones de incertidumbre, sopesando pronósticos contrapuestos cuyas consecuencias humanas y estratégicas podían ser enormes.

Una lección destaca por encima de las demás: el pasado proporciona evidencia valiosa, pero no garantiza el futuro. Las analogías históricas pueden orientar los pronósticos, pero pierden confiabilidad cuando cambian las condiciones que les dieron origen. La experiencia del Día D demuestra por qué la evidencia científica, el juicio profesional y una evaluación rigurosa de la incertidumbre deben orientar las decisiones, especialmente cuando lo que está en juego es de gran magnitud.

Esta excelente película merece ser vista por científicos, ingenieros, responsables de políticas públicas y líderes encargados de gestionar riesgos catastróficos. También me motivó a reflexionar sobre las posibles consecuencias del fenómeno El Niño de 2026-2027, particularmente para el Perú y Ecuador, ante la preocupación por un evento potencialmente intenso en el Pacífico. El desafío no consiste únicamente en anticipar el fenómeno climático, sino en comprender cómo sus efectos pueden traducirse en amenazas físicas, pérdidas económicas y sufrimiento humano.

1. La historia de El Niño no necesariamente predice su futuro

Los científicos han estudiado durante décadas el fenómeno El Niño Oscilación Sur (ENSO), acumulando conocimientos valiosos a partir de las observaciones de eventos anteriores. Sin embargo, asumir que un nuevo evento reproducirá las características o consecuencias de uno histórico puede conducir a conclusiones equivocadas.

Cada episodio de El Niño difiere en su evolución, duración, distribución geográfica del calentamiento oceánico, respuesta atmosférica e impactos regionales. Incluso eventos de magnitud comparable pueden producir patrones de precipitación y consecuencias muy diferentes.

El cambio climático añade otra capa de complejidad. Está modificando las condiciones de fondo de la atmósfera y los océanos, incluidas sus temperaturas y la capacidad de la atmósfera para retener humedad. Estos cambios pueden influir en las consecuencias de las lluvias extremas y las olas de calor, aunque todavía no existe evidencia suficiente para concluir que el cambio climático esté aumentando la frecuencia o intensidad de los propios eventos de El Niño.

Las comparaciones históricas siguen siendo esenciales, pero deben considerar estas condiciones cambiantes. Una evaluación rigurosa debe analizar no solo si un nuevo evento se parece a los de 1982-1983, 1997-1998 o 2017, sino también dónde se está calentando el océano, cómo responde la atmósfera y en qué se diferencian las condiciones ambientales y socioeconómicas actuales de las del pasado.

La pregunta fundamental no es si la historia se repetirá, sino qué aspectos de los eventos anteriores siguen siendo relevantes bajo las condiciones actuales.

2. La temperatura superficial del mar no cuenta toda la historia

Las proyecciones de graves consecuencias económicas merecen un análisis cuidadoso cuando no están respaldadas por estudios meteorológicos, climatológicos e hidrológicos suficientemente detallados.

La temperatura superficial del mar es un indicador fundamental de El Niño y resulta especialmente importante para comprender los ecosistemas marinos, la pesca y las actividades económicas que dependen del océano. Sin embargo, las anomalías de temperatura oceánica, por sí solas, no permiten determinar cuánta lluvia recibirá una cuenca específica ni si una comunidad sufrirá inundaciones destructivas. La evaluación de estos riesgos requiere una secuencia de análisis científicos.

En primer lugar, las observaciones oceánicas y atmosféricas, junto con los modelos climáticos, permiten caracterizar la evolución del fenómeno y su posible influencia regional. En segundo lugar, los pronósticos meteorológicos estiman la ubicación, el momento, la duración y la intensidad probables de las precipitaciones. En tercer lugar, los modelos hidrológicos permiten traducir la lluvia en escorrentía potencial, caudales fluviales y condiciones de inundación.

Este tercer paso es particularmente importante. La relación entre precipitación y escorrentía depende de la humedad previa del suelo, su capacidad de infiltración, la topografía, las características y dimensiones de la cuenca, la vegetación, el uso del suelo y las condiciones del drenaje. En las zonas urbanas, las superficies impermeables y los sistemas de drenaje insuficientes pueden acelerar la escorrentía y aumentar los caudales máximos. En terrenos escarpados o inestables, las lluvias intensas pueden desencadenar inundaciones repentinas, flujos de detritos y deslizamientos.

Por ello, una misma cantidad de lluvia puede producir consecuencias muy diferentes en distintas cuencas, e incluso en una misma cuenca bajo diferentes condiciones antecedentes.

Una evaluación confiable del riesgo de inundación debe integrar la intensidad y duración de la lluvia, su distribución espacial, la respuesta de la cuenca, la hidráulica fluvial, la exposición de las llanuras aluviales (“floodplain” en inglés) y el desempeño de los sistemas de drenaje y de las obras de protección. Cuando corresponda, también debe considerar el transporte de sedimentos, deslizamientos, las obstrucciones de los cauces y la posibilidad de fallas de infraestructura.

En otras palabras, las condiciones oceánicas ayudan a caracterizar el fenómeno climático; la meteorología permite estimar la amenaza atmosférica; y la hidrología y la hidráulica ayudan a determinar cómo esa amenaza se traduce en inundaciones y otros impactos físicos. La exposición, la vulnerabilidad y la resiliencia de la infraestructura determinan, a su vez, las consecuencias para las personas, las comunidades y la economía. Ningún indicador aislado puede sustituir esta cadena de análisis.

3. El Perú de hoy no es el Perú de los grandes eventos de El Niño del pasado

Desde los grandes episodios de El Niño de décadas anteriores, las actividades humanas han transformado profundamente los paisajes, las ciudades y la infraestructura del Perú. La expansión urbana, la deforestación en determinadas zonas, los cambios en el uso del suelo y la construcción en áreas inundables han modificado la exposición a los peligros naturales. El crecimiento de la población y la expansión de la actividad económica también han incrementado el valor de los bienes potencialmente expuestos.

La planificación territorial inadecuada, la débil aplicación de las normas de uso del suelo, el mantenimiento deficiente de los sistemas de drenaje y la infraestructura diseñada sin considerar suficientemente los eventos extremos pueden agravar las consecuencias de las lluvias intensas.

La construcción en cauces y llanuras aluviales son especialmente problemáticas. También lo son las alcantarillas con capacidad insuficiente, los canales de drenaje obstruidos por sedimentos o residuos y las carreteras u otras estructuras que desvían el agua hacia asentamientos vulnerables. En cuencas escarpadas, la interacción entre las precipitaciones intensas y las laderas inestables puede generar peligros adicionales.

Estas condiciones son importantes porque el riesgo de desastre no depende únicamente de la amenaza natural. También depende de las personas y los bienes expuestos, de su vulnerabilidad y de su capacidad para prepararse, responder y recuperarse.

Una fórmula que describe el riesgo es la siguiente:

Riesgo de desastre = amenaza × exposición × vulnerabilidad

Fuente: United Nations Office for Disaster Risk reduction (UNDRR)

Esta expresión es un marco conceptual y no una ecuación numérica universal.

La distinción tiene importantes implicaciones para las políticas públicas. Incluso si el próximo El Niño (catalogado como Super El Niño) produce lluvias comparables a las de un evento anterior, las pérdidas podrían ser mayores si más personas e infraestructura ocupan zonas expuestas o si los sistemas de drenaje y protección se han deteriorado. Por el contrario, una mejor planificación territorial, sistemas de alerta temprana, mantenimiento adecuado y preparación para emergencias pueden reducir las pérdidas, aunque no sea posible impedir la amenaza natural.

La pregunta esencial no es simplemente si el próximo El Niño será más fuerte o más débil que los anteriores. Es si las comunidades, la infraestructura y las instituciones del Perú están preparadas para las condiciones que realmente podrían presentarse.

4. El Niño y El Niño Costero: fenómenos relacionados, pero con dinámicas diferentes

La devastadora experiencia peruana de 2017 demuestra por qué es fundamental distinguir entre el fenómeno más amplio de El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) y el denominado El Niño Costero.

El Niño Costero es un evento climático caracterizado por un calentamiento anómalo y sostenido de la temperatura superficial del mar en el extremo oriental del Pacífico tropical, particularmente frente a las costas del Perú y Ecuador. En el Perú, este fenómeno se monitorea mediante el Índice Costero El Niño (ICEN), que se basa en promedios móviles trimestrales de las anomalías de temperatura superficial del mar en la región Niño 1+2. Según la definición operativa empleada por la Comisión Multisectorial ENFEN del Perú, se identifica un evento cuando el índice indica condiciones cálidas durante al menos tres meses consecutivos.

A diferencia del fenómeno ENSO en su conjunto, que involucra cambios acoplados entre el océano y la atmósfera a lo largo del Pacífico tropical y puede influir en los patrones climáticos de distintas partes del mundo, El Niño Costero se caracteriza por un calentamiento concentrado en el extremo oriental del Pacífico. Sus efectos pueden ser particularmente severos en las áridas costas del Perú y Ecuador, donde las aguas anormalmente cálidas pueden favorecer la convección atmosférica y las precipitaciones intensas.

El desastre de marzo de 2017 en el Perú constituye un ejemplo contundente. El calentamiento costero se intensificó rápidamente en enero de ese año, mientras las condiciones en el Pacífico central permanecían, en términos generales, neutrales. El calentamiento contribuyó a activar una franja excepcionalmente intensa de convección atmosférica cerca de la costa peruana, favoreciendo precipitaciones extraordinarias en el norte del país. El evento provocó extensas inundaciones, pérdidas de vidas humanas y graves daños en carreteras y otras infraestructuras.

La evolución del evento de 2017 también demuestra la importancia de las interacciones entre el océano y la atmósfera. Los cambios en los vientos costeros y ecuatoriales, la circulación oceánica y el desplazamiento de las aguas superficiales cálidas contribuyeron al calentamiento anómalo. Sin embargo, las lluvias resultantes no fueron simplemente una consecuencia directa del aumento de la temperatura superficial del mar o de una mayor evaporación. La circulación atmosférica, el transporte de humedad y la organización de los sistemas convectivos también fueron determinantes para establecer dónde y con qué intensidad llovió.

Esta distinción es importante. El Niño Costero y el fenómeno ENSO pueden presentarse simultáneamente, pero no necesariamente evolucionan de la misma manera ni producen impactos idénticos. El evento de 2017 demostró que un intenso calentamiento costero y lluvias destructivas pueden desarrollarse incluso cuando el Pacífico central no presenta el patrón convencional de El Niño.

Por consiguiente, la magnitud del calentamiento en una región del Pacífico no permite, por sí sola, determinar la precipitación esperada ni la gravedad de las inundaciones en una localidad específica. Las evaluaciones deben examinar la distribución geográfica y la evolución de las temperaturas oceánicas, la circulación atmosférica, los pronósticos de precipitación y las condiciones de las cuencas locales.

Confundir El Niño Costero con el fenómeno ENSO en su conjunto puede conducir a comparaciones históricas engañosas y evaluaciones inadecuadas del riesgo. Ambos requieren observación y pronósticos rigurosos, pero sus posibles consecuencias hidrológicas deben evaluarse mediante análisis meteorológicos, hidrológicos e hidráulicos apropiados para cada región.

5. La ciencia y los científicos deben estar primero

Un aspecto positivo de esta discusión es que el Perú, otros países sudamericanos y numerosas instituciones de Estados Unidos, Australia, Europa y otras naciones cuentan con meteorólogos, climatólogos e hidrólogos altamente calificados que trabajan para comprender estos fenómenos complejos y mejorar los pronósticos. Su experiencia es indispensable y sus contribuciones merecen reconocimiento.

Los economistas y especialistas en proyecciones económicas también desempeñan un papel fundamental al estimar las posibles pérdidas, evaluar los efectos sobre la actividad económica e identificar los recursos necesarios para la recuperación y la adaptación. Su trabajo es esencial, pero la confiabilidad de sus conclusiones depende, en parte, de la calidad de la información científica sobre los procesos físicos que incorporan en sus análisis.

Las pérdidas económicas históricas pueden proporcionar referencias útiles. Sin embargo, extrapolar las pérdidas del pasado hacia el futuro sin considerar las condiciones climáticas actuales, las evaluaciones actualizadas de las amenazas, los cambios en la exposición y la vulnerabilidad de la infraestructura puede producir estimaciones engañosas.

Los sistemas climáticos e hidrológicos son no lineales. La lluvia, la escorrentía y los daños por inundación no necesariamente aumentan en proporción directa. Un incremento relativamente pequeño de la intensidad de la precipitación puede, bajo determinadas condiciones, superar la capacidad de un sistema de drenaje o provocar un rápido aumento del caudal de un río. Una vez superado un umbral crítico, las consecuencias pueden intensificarse de manera desproporcionada.

Los daños económicos también pueden ser no lineales. Una inundación que bloquea una vía de transporte estratégica, interrumpe el suministro de electricidad o agua, o paralice una instalación industrial crítica puede generar pérdidas muy superiores al valor de los bienes directamente dañados.

Por estas razones, las evaluaciones económicas no deberían depender exclusivamente de promedios históricos o extrapolaciones simples. Deben incorporar escenarios físicamente plausibles, rangos de incertidumbre y, cuando corresponda, estimaciones probabilísticas de las amenazas y las pérdidas. Los análisis de sensibilidad y las pruebas de estrés (“stress testing”) permiten comprender cómo cambian los resultados bajo diferentes supuestos de precipitación, escorrentía, fallas de infraestructura y exposición.

Seamos claros: las decisiones sólidas comienzan con las ciencias que explican los fenómenos y sus posibles consecuencias. La meteorología, la climatología, la hidrología y la ingeniería hidráulica deben proporcionar la base científica para las evaluaciones económicas, la planificación de infraestructura, las políticas públicas y las decisiones de inversión. La economía nos ayuda a comprender las consecuencias para la sociedad; las ciencias físicas nos permiten caracterizar los procesos que las generan. El análisis de riesgos conecta ambas perspectivas.

El objetivo no es restar importancia a las proyecciones económicas, sino fortalecerlas mediante la colaboración interdisciplinaria, supuestos transparentes y análisis basados en evidencia.

Del pronóstico a estar preprados

La lección del Día D no es que los científicos puedan predecir el futuro con certeza. Es que el análisis riguroso, la observación continua y la comunicación responsable de la incertidumbre pueden marcar la diferencia entre una decisión acertada y un error catastrófico.

Para el Perú, Ecuador y otras regiones vulnerables, la preparación debe integrar las perspectivas climáticas estacionales con pronósticos meteorológicos actualizados, modelos hidrológicos e hidráulicos, mapas de riesgo de inundación, evaluaciones de infraestructura, planificación territorial y sistemas de respuesta ante emergencias.

Estas actividades deben apoyarse en redes de observación confiables, datos científicos accesibles, coordinación entre las instituciones responsables y una comunicación clara con las comunidades. Los pronósticos también deben traducirse en decisiones prácticas: dónde limpiar los canales de drenaje, qué puentes y carreteras requieren inspección, dónde podrían ser necesarias evacuaciones preventivas y cómo proteger los servicios esenciales y las poblaciones vulnerables.

Dado que todo pronóstico contiene incertidumbre, la planificación debe considerar varios escenarios plausibles en lugar de depender de una única predicción. Los umbrales de alerta y decisión deben actualizarse a medida que se disponga de nueva información. Este enfoque permite que los gobiernos y los operadores de infraestructura actúen oportunamente sin asumir que el peor escenario es inevitable.

No podemos controlar El Niño. Pero sí podemos mejorar nuestra capacidad para anticipar sus consecuencias y reducir los riesgos creados por nuestras propias decisiones.

¿Nos estamos preparando para El Niño que realmente podríamos enfrentar o para el que recordamos?

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